Sobreviví a esa grave enfermedad, pero una parte de mi alma murió. Me había estado engañando a mí misma, aferrándome a la filosofía de “la familia lo es todo” para justificar la debilidad de mi hijo y la crueldad de mi nuera. Pensé que mi sacrificio los haría cambiar, pero no, no. El sacrificio mal empleado solo alimenta la codicia y la ingratitud.
Miré mis manos que se aferraban al volante, manos ásperas, callosas, llenas de cicatrices de aceite y cuchillos. Estas manos habían criado a un lobo ingrato y a un cordero cobarde.
Esta noche, cuando Camila me echó de la fiesta, cuando Mateo asintió de acuerdo, el último muro de ilusión se derrumbó. Ya no había familia. Solo una anciana y dos parásitos.
Puse la marcha y pisé el acelerador. La camioneta se lanzó hacia adelante, adentrándose en la noche. La lluvia seguía rugiendo afuera, pero dentro de mí otro fuego comenzaba a encenderse. Un fuego que quemaría el pasado ignorante para abrir camino a un futuro en el que esta Margarita viviría para sí misma.
El sol apenas asomaba tras los gigantescos cactus, proyectando sus pálidos rayos dorados sobre la carretera federal. Estacioné mi vieja camioneta frente a la sucursal del banco que acababa de abrir. Mis ojos estaban hinchados después de una larga noche sin dormir, pero mi mente estaba extrañamente clara.
Entré en el área de cajas, respirando profundamente el frío olor a billetes y tinta. La joven empleada del banco me miró con lástima a través del cristal, probablemente por mi aspecto desaliñado, pero no me importó.
Pedí retirar todo el dinero que quedaba en la cuenta de ahorros conjunta, la cuenta que tontamente había puesto también a nombre de Mateo y Camila para su comodidad.
—Transfiera todo a esta nueva cuenta personal para mí, inmediatamente —dije con la voz ronca, pero firme.
Los números en la pantalla de la computadora bailaban. Era el poco dinero que me quedaba para la jubilación, el último capital que había logrado conservar después de vender mi casa y mi negocio.
Cuando la empleada me entregó el recibo confirmando la transacción exitosa, tomé el bolígrafo y firmé con un trazo decidido. La sensación de la punta del bolígrafo rozando el papel me hizo sentir como si me hubiera quitado un peso de mil kilos de encima.
Pero eso no fue todo.
Saqué mi teléfono y llamé a la línea de atención de la tarjeta de crédito.
—Bloqueen todas las tarjetas adicionales a nombre de Mateo García y Camila Rodríguez. La razón: incapacidad de pago.
Colgué. Una sensación de satisfacción se apoderó de mi corazón. Por primera vez en mi vida aprendí a ser despiadada para protegerme. Sabía que, en solo unos momentos, la poderosa tarjeta negra en la billetera de Mateo se convertiría en un trozo de plástico inútil.
Después de salir del banco, conduje directamente hacia el sur. Mi destino era la Hacienda La Esperanza, la granja de Elena, mi amiga de la infancia.