Mi voz se quebró. Hubo silencio al otro lado de la línea por unos segundos. Luego la voz de Mateo sonó fría, distante, sin emoción. No era la voz del hijo que una vez me abrazó y me hizo promesas, sino la de un negociador despiadado.
—¿Ves las consecuencias ahora, mamá?
La pregunta corta fue como un martillazo directo a mi corazón. Ni una palabra de saludo, ni una pizca de preocupación al saber que su madre estaba siendo atacada por toda la sociedad. Solo regodeo y amenaza.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo, Mateo? La gente está tirando pintura y huevos a la casa. ¿Cómo puedes…?
—Es el precio que tienes que pagar —me interrumpió Mateo. Su voz, astuta y afilada—. Si quieres paz, si no quieres que tu amiga Elena se arruine, entonces escucha con atención. Vuelve a casa inmediatamente. Entrégale el libro de recetas original a Camila. Transfiere la propiedad de ese restaurante a mi esposa y, lo más importante, tienes que hacer una transmisión en vivo pidiéndonos perdón públicamente, admitiendo que estás senil y que nos calumniaste.
Estaba tan conmocionada que no podía respirar. Tuve que agarrarme a la columna de la puerta para no caerme.
—¿Quieres transferir el restaurante? Mateo, ¿de qué estás hablando? Este restaurante es de tu tía Elena. Yo solo soy una empleada. ¿Cómo puedes ser tan codicioso?
—No finjas más, mamá —gruñó Mateo—. Sé que tienes una participación en él. Camila tiene razón. Has estado ocultando tus propios bienes. Si no haces lo que te digo, te demandaremos con la evidencia del video en vivo y el apoyo de la comunidad en línea. ¿Quién crees que ganará? ¿Quieres ir a la cárcel a tu edad?
Tono, tono, tono. Colgó.