Durante dos años, llevé comida a mi vecina anciana —pero cuando finalmente entré en su apartamento tras su muerte, lo que encontré en la cama me hizo llorar.

Solo tenía miedo.

Entonces apareció mi hermana menor, Elvira.

Siempre fue bonita.

Lista.

Ambiciosa.

Me dijo que podía sacar a Alma de la ciudad por unos días, que la tendría a salvo mientras yo conseguía trabajo y un lugar para empezar de nuevo.

Le creí.

Le entregué a mi hija con una maletita roja y un suéter amarillo.

Fue la peor decisión de mi vida.”

Maritza apretó la carta con fuerza.

El nombre le sonó conocido.

Elvira.

La mujer del pasillo seguía gritando.

Maritza levantó la vista hacia la puerta abierta del cuarto, como si de pronto todo dentro de ella se hubiera acomodado de golpe.

Bajó los ojos y siguió leyendo.

“Pasaron tres días.

Luego una semana.

Luego dos.

Elvira no regresó.

Cuando fui a buscarla, ya no vivía donde decía.

Había vendido sus cosas.

Había desaparecido.

Se llevó a mi hija.

Durante años la busqué.

Pregunté en iglesias, escuelas, registros, hospitales.

Nada.

Mi esposo murió sin saber que seguí buscándola a escondidas.

Y yo me fui quedando sola.

Cada vez más sola.

Con una cuna vacía que nunca tuve valor de sacar.

Con un plato más en la mesa que nunca dejé de imaginar.

Con cartas que le escribí a Alma aunque no supiera dónde mandarlas.

Esta cama no guarda dinero.

Guarda mi castigo.”

Maritza soltó el aire de golpe.

Miró los sobres.

Comprendió al instante.

Las cartas.

Años enteros de cartas.

Una vida escribiéndole a una hija ausente.

Una vida pidiéndole perdón a alguien que nunca volvió.

Entonces la voz de la mujer del pasillo se oyó más cerca.

—¡Quítense! ¡Soy su hermana! ¡Ese departamento también me corresponde!

Maritza se quedó helada.

Hermana.

Elvira.

La letra de la carta tembló ante sus ojos.

Corrió las páginas.

Casi al final había otra línea, escrita con más fuerza, como si a Doña Ofelia le hubieran dolido menos las manos que el recuerdo.