Sobre la cama de Doña Ofelia no había dinero.
No había joyas.
No había escrituras.
Había una cuna de madera vieja, perfectamente tendida, con una mantita amarilla doblada con un cuidado casi sagrado.
Y encima de la almohadita, enmarcada por años de polvo limpio, descansaba la fotografía de una niña de unos seis años, con dos trenzas apretadas, una sonrisa tímida y los mismos ojos claros de la anciana.
Junto a la foto había docenas de sobres.
Atados con listones.
Fechados.
Ordenados por año.
Y, sobre todos ellos, una carta abierta con una sola frase escrita a mano:
“Si estás leyendo esto, por fin ya no me dio tiempo de esconder más mi vergüenza.”
Maritza sintió un ardor en los ojos.
No entendía del todo lo que veía, pero algo en esa escena la golpeó con una ternura tan triste que tuvo que apoyarse en la pared para no doblarse.
La habitación estaba impecable.
No era la guarida caótica que los vecinos habían imaginado.
No había basura ni ratas ni montones de tiliches.
Había pobreza, sí.
Una pobreza silenciosa y digna.
Un ropero viejo.
Una silla remendada.
Dos tazas.
Un rosario colgado sobre la cabecera.
Y aquella cuna vacía, limpia como si alguien siguiera esperando que una criatura regresara a dormir en ella.
Maritza dio un paso más.
Luego otro.
Tomó la carta con manos temblorosas.
Afuera, en el pasillo, seguían escuchándose voces.
La mujer de labios rojos exigía que revisaran cajones.
El administrador trataba de poner orden.
Pero en ese cuarto el tiempo parecía haberse quedado quieto.
Maritza empezó a leer.
“Me llamo Ofelia Ríos, y si tú estás aquí, hija, es porque Dios quiso que fueras tú y no esa gente la que viera primero la verdad.
No fui una buena madre.
He repetido esa frase en silencio durante cuarenta años, hasta volverla castigo.
Tuve una hija.
Se llamaba Alma.
Tenía la risa más bonita que yo escuché en mi vida.
Cuando tenía seis años, la perdí.
No porque se muriera.
Ojalá hubiera sido eso.
La perdí porque tuve miedo.”
Maritza tragó saliva.
Siguió leyendo con el corazón golpeándole el pecho.
“Mi esposo era un hombre malo.
No malo de palabra.
Malo de alma.
Tomaba.
Pegaba.
Amenazaba.
Un día me dijo que, si yo intentaba irme con la niña, nos encontraría y nos mataría a las dos.
Yo no tenía dinero.
No tenía familia que me recibiera.
No tenía a nadie.