Dinero regado por todas partes.
Yo… destrozado.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.
Ella solo me miró.
Sin rabia.
Sin sorpresa.
Solo… en calma.
Como siempre.
—Lo encontraste —dijo ella, suavemente.
Mi voz falló.
—Yo…
No pude continuar.
Ella dejó las bolsas en el suelo.
Caminó hacia mí.
Se arrodilló.
Con el mismo cuidado de siempre.
Como si yo fuera frágil.
Como si mereciera eso.
Y, por primera vez…
Me di cuenta.