Negó.
—A veces en un albergue. A veces donde me agarra la noche.
Tomé su mano.
Estaba fría.
—Entonces ya no.
Mi madre dio un paso adelante.
—Andrea, piénsalo bien.
La miré por última vez.
—Treinta años te llamé mamá.
La palabra se atoró en mi garganta.
—Pero hoy descubrí que nunca pregunté de dónde venía.
Se hizo un silencio largo.
Luego tomé la escoba del suelo.
Se la devolví a María Elena.
—Ya no necesitas barrer para verme —le dije.
Ella me miró como si no pudiera creerlo.
Las lágrimas le corrían por la cara.
—¿De verdad?