—No hay registro de entrada.
—Quiero ver las cámaras.
Hubo un silencio incómodo.
Pero accedieron.
Nos sentamos frente al monitor.
Retrocedieron dos minutos.
Ahí estaba yo, saliendo.
La puerta cerrándose.
El pasillo vacío.
Segundos después…
La puerta de la habitación… se abrió sola.
Lentamente.
Muy lentamente.
Nadie.
Nadie entrando.
Nadie saliendo.
Pero la puerta… se abrió completamente.
Y luego… se cerró.
Una de las enfermeras murmuró:
—Debe ser un fallo…
Pero no terminó la frase.
Porque todos lo vimos.
En el reflejo del cristal de la ventana dentro de la habitación…
Había una sombra.
Alta.
Inmóvil.
De pie junto a la cama.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Pueden ampliar eso? —dije.
Lo hicieron.
La imagen se distorsionó.