Pero entonces… se vio algo más.
La sombra… no tenía rostro.
Solo una forma oscura… inclinándose hacia mi hija.
Apagué la pantalla.
—Nos vamos —dije.
Firmé el alta voluntaria esa misma noche.
No discutí.
No pregunté más.
Solo quería sacarla de ahí.
Pero eso no fue el final.
Esa madrugada, ya en casa, mi hija despertó gritando.
Corrí a su habitación.
—¡Ya estoy aquí! ¡Ya estás segura!
Ella me miró… pero no parecía verme a mí.
—Mamá… —susurró—… él sabe dónde vivimos.
Se me heló la sangre.
—No, cariño… eso no es real…
Pero entonces dijo algo que nunca le conté a nadie.
Algo que nadie más podía saber.
—Dijo que la próxima vez… no va a usar la puerta.
Desde entonces, duerme con la luz encendida.
Y yo… ya no vuelvo a cerrar completamente ninguna puerta.
Porque algunas noches…
la encuentro abierta.