—¡Hey, hey! Estoy aquí… mamá está aquí… —le dije, tomando su mano.
Estaba helada.
—¿Te duele algo? ¿Llamo a la enfermera?
Negó con la cabeza.
Pero no dejaba de mirar la puerta.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Entró alguien?
Tardó varios segundos en responder.
Como si tuviera miedo incluso de pensar.
—Sí…
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
Sus dedos apretaron la sábana con fuerza.
—Un hombre…
—¿Un doctor?
Silencio.
Luego susurró:
—Llevaba bata… pero… no era doctor.
Se me erizó la piel.
—¿Qué hizo?
Mi hija tragó saliva. Sus labios temblaban.
—Me dijo que no me moviera… que no gritara… que tú no estabas…
—Estoy aquí —le dije rápido—, estoy aquí, no pasa nada.
Pero ella negó.
—Dijo que si hablaba… iba a volver… y que esta vez… no iba a despertarme…
Sentí un frío recorrerme la espalda.
No era solo miedo infantil.
Había algo más.
Algo… real.
Salí inmediatamente de la habitación.
—¿Quién ha entrado en la 305? —pregunté en el control, casi sin aliento.
Las enfermeras fruncieron el ceño.
—Nadie, señora.
—Eso es imposible —dije—. Mi hija no está inventando esto.
Revisaron el sistema.