—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

—Tal vez no es tan buena como cree.

El comedor se quedó en silencio.

Clara alzó la barbilla.

—Tal vez usted no sabe distinguir entre milagros y despensa vacía.

Francisco se puso de pie, dispuesto a seguir, pero Esteban habló con una frialdad que cortó el aire.

—Si tiene algo que decir, me lo dice a mí. No a la cocinera.

Francisco se marchó dando un portazo. Clara apretó el paño entre las manos para no llorar. Siempre pasaba lo mismo. Llegaba, arreglaba, alimentaba, y tarde o temprano alguien la convertía en blanco de su frustración.

Miguel fue quien la encontró sola después.

—No le haga caso —dijo en voz baja—. El miedo vuelve cruel a la gente