.
—Eso no lo disculpa.
—No. Pero lo explica.
Con paciencia, le enseñó recetas de su abuela sonorense: cómo estirar la harina con maíz, cómo hacer rendir frijoles y grasa, cómo transformar sobras en comida digna. Trabajaron juntos hasta la medianoche. Por primera vez en mucho tiempo, Clara sintió que no peleaba sola.
Dos días después llegó la tormenta.
Esteban y Francisco habían ido al pueblo por provisiones. El cielo se volvió negro a media tarde, el viento empezó a azotar puertas y techos, y al anochecer la nieve caía tan espesa que ya no se veía el establo desde la casa. Los hombres miraban el camino con angustia creciente.