—Una semana —respondió—. Me quedo una semana. Después veremos.
Se dieron la mano. La de él era áspera y fuerte. La de ella, pequeña, marcada por quemaduras viejas. Ninguno imaginó que en ese apretón empezaba algo mucho más peligroso que una deuda: la posibilidad de volver a tener hogar.
Los días siguientes fueron duros. Clara descubrió que el rancho estaba casi quebrado. Faltaban azúcar, harina y conservas. El ganado había disminuido, el ánimo de los hombres también. Y entre todos, quien peor recibió el cambio fue Francisco Del Toro, un capataz corpulento, con una cicatriz en la mejilla y una rabia antigua instalándosele en la mirada.
—Mucho pollo y mucho postre el primer día —soltó una noche, empujando el plato de sopa—. Pero ahora comemos caldo de hueso como pobres.
Clara no se inmutó.
—Con lo que hay, eso puedo hacer.