—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

Se casaron al inicio de la primavera, en la capilla del cerro. Don Chalo llevó a Clara del brazo. Miguel y Tomás acomodaron flores silvestres. Francisco, ya recuperado, se quedó de pie junto a Esteban con lágrimas mal escondidas. Después hubo un banquete enorme, porque Clara no sabía celebrar de otra manera que alimentando a la gente que amaba.

Tres años más tarde, el Rancho Barranca Roja no era rico, pero sí próspero. Ya no olía a abandono, sino a pan recién hecho, café verdadero, cuero limpio y tierra fértil. Los hombres reían con facilidad. Francisco había dejado atrás su amargura. Tomás se había convertido en caporal. Miguel llevaba las cuentas del establo y enseñaba a los peones jóvenes. Y Clara, en aquella misma cocina que un día encontró cubierta de grasa y tristeza, sostenía en brazos a una niña recién nacida.

—¿En qué piensas? —preguntó Esteban desde la puerta.

Clara miró a la pequeña, luego a su esposo.

—En que por fin entiendo qué es un hogar.

Él se acercó y rodeó a las dos con los brazos.