—No sé quedarme —susurró Clara.
—Yo tampoco sabía —respondió él—. Pero podemos aprender juntos.
Esa noche, en la cocina donde todo había empezado, Esteban le tomó la mano.
—No quiero que se quede por una deuda. Quiero que se quede porque este también puede ser su hogar. Si usted quiere… conmigo.
Clara lo miró. Vio el dolor que compartían, la terquedad que los sostenía, la bondad escondida bajo tantas cicatrices. Y por primera vez no sintió ganas de correr.
—Sí —dijo, casi en un suspiro—. Me quiero quedar.
El beso que se dieron no fue apresurado. Fue lento, tembloroso, lleno de todo lo que ambos habían callado demasiado tiempo.
Hubo todavía meses difíciles. El banco presionó. El rancho vecino intentó comprar Barranca Roja por una miseria. Esteban casi pierde la vida en una estampida durante una arriada a Kansas, y Clara cabalgó tres días enteros para encontrarlo herido en un hospital improvisado, donde por fin le confesó que lo amaba. Entre ambos, y con la ayuda de los hombres del rancho, salvaron las cuentas, ampliaron el negocio, sembraron huertos, vendieron lácteos y carne ahumada, y aprendieron a no rendirse.