La niña se llamaba Sara Luz. Sara, por la mujer que había amado antes de Clara y cuya memoria ya no dolía como una herida, sino como una bendición. Luz, por la hija que Clara perdió y que, de algún modo, le había enseñado a resistir.
Clara apoyó la cabeza en el hombro de Esteban mientras afuera se oían mugidos, martillazos, pasos, vida.
Había llegado a Barranca Roja para pagar una deuda.
Se quedó por amor.
Y entendió, al fin, que el hogar no siempre es el lugar donde una nace, sino el lugar por el que una decide pelear… y donde, por primera vez, alguien pelea también por ti.