Y fue entonces, cuando todo empezaba a mejorar, cuando llegó la verdad que Clara llevaba años huyendo.
Una mañana de domingo, frente a la pequeña capilla del cerro, Esteban reunió a todos los hombres del rancho. Habló de deudas, de pérdidas, de la muerte de su esposa Sara, del abandono en que había dejado caer la casa y su propia alma. Luego miró a Clara delante de todos.
—Esta mujer llegó para pagar una deuda —dijo—, y terminó enseñándonos a vivir otra vez.
Aquellas palabras la rompieron.
Cuando todos se dispersaron, Esteban se acercó. Ella no pudo seguir callando más.
—Yo también perdí a alguien —confesó con la voz quebrada—. Tuve una hija. Se llamaba Lucerito. Murió de fiebre con tres años. Después de eso me fui de todas partes. Cocinaba, cobraba, seguía andando. Era más fácil moverme que quedarme a recordar.
Esteban no la interrumpió. Sólo la abrazó mientras ella lloraba contra su pecho como no lo hacía desde hacía diez años.