—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

Cuando Esteban se recuperó lo suficiente para sentarse, encontró a Clara dormida en una silla junto al fuego. Le cubrió los hombros con una manta y se quedó mirándola más tiempo del necesario. Ella abrió los ojos sin moverse.

—Está pensando muy fuerte —murmuró.

—No sabía que se podía oír.

—Con usted, sí.

Él sonrió por primera vez de verdad.

Días después, Clara revisó las cuentas del rancho y descubrió lo que nadie había querido mirar: sobreprecios en el forraje, errores en impuestos, pagos duplicados. Encontró manera de recuperar dinero y reducir gastos. Esteban empezó a verla ya no sólo como la mujer que cocinaba, sino como alguien capaz de sostener con él el peso de Barranca Roja.