—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

Demasiado débil para discutir, él obedeció. Ella lo envolvió en mantas, le dio café caliente a sorbos y le frotó las manos sin descanso. Cuando por fin él pudo hablar, sus dientes aún castañeaban.

—Trajimos casi todo… lo de la lista.

Clara sintió un nudo en la garganta.

—Es usted un idiota.

Él soltó una risa mínima, agotada.

—Sí… pero ya tiene provisiones.

La tormenta duró tres días. Clara apenas durmió. Cuidó a Francisco cuando le subió la fiebre, y vigiló a Esteban por miedo a que el frío le hubiera lastimado más de lo que parecía. En una de esas noches, Francisco abrió los ojos y la encontró cambiándole el vendaje.

—Sigue aquí… —murmuró.