—Déjame cocinar para ti… Te lo debo —susurró ella—. Esa noche cambió para siempre la solitaria granja.

A las cinco, cuando la oscuridad ya lo había tragado todo, se oyó un estruendo: ruedas, gritos, caballos desbocados.

La carreta entró al patio de lado, con una rueda rota y varios sacos desparramándose sobre la nieve. Esteban iba en el asiento, tieso de frío, con la barba cubierta de hielo. Francisco colgaba del costado, inconsciente, con el brazo doblado en un ángulo imposible y sangre en la cara.

Clara no dudó. Salió al temporal con café hirviendo, mantas y órdenes en la boca. Entre Miguel y Tomás metieron a los dos hombres en la casa. Clara entablilló el brazo de Francisco con tablas improvisadas, vendó sus costillas, limpió la herida de su cabeza. Luego se volvió hacia Esteban, cuyos labios estaban azules.

—Quítese el abrigo.

—Estoy bien.

—Si no se lo quita, se lo corto.