“Qué raro”, dijo. Y decidió bajarse a mirar. El calor lo golpeó en cuanto abrió la puerta. Caminó hacia la perra que al verlo se detuvo y bajó la cabeza como preparándose para huír o pelear. “Tranquila amiguita, no te voy a hacer daño”, dijo Miguel con voz suave, acercándose despacio. Canela gruñó bajito, sin soltar la cuerda de la caja. “¿Qué llevas ahí que es tan importante?”, preguntó Miguel, aunque sabía que la perra no podía contestar. Se agachó para estar a su altura.
Canela dio un paso atrás desconfiada. Sus ojos cansados miraban a Miguel con miedo. El camionero notó las heridas en sus patas, el polvo en su pelaje, lo flaca que estaba. “Debes tener mucha sed”, dijo Miguel. “Espera un momento.” Regresó rápido a su camión y sacó una botella de agua y un recipiente de plástico que usaba para su café. vertió agua en él y lo puso en el suelo a medio camino entre él y la perra. Canela miró el agua.
Estaba muy sedienta, pero no soltaba la cuerda de la caja. Vamos, toma un poco de agua. No me acercaré, prometió Miguel dando un paso atrás. Después de dudar unos segundos, Canela soltó la cuerda y se acercó al recipiente. Bebió desesperadamente, como si no hubiera tomado agua en días. Mientras bebía, Miguel aprovechó para acercarse lentamente a la caja. Estaba vieja y aplastada en las esquinas. Con mucho cuidado abrió una de las solapas. ¡Dios mío! Exclamó sorprendido. Dentro de la caja había seis cachorritos recién nacidos.
Eran muy pequeños, con los ojos cerrados. Se movían débilmente, buscando el calor de su madre. Canela terminó de beber y corrió hacia la caja, poniéndose entre Miguel y sus bebés con actitud protectora. “Tranquila, no les haré daño”, dijo Miguel. “¿Los estabas llevando a algún lugar seguro?” La perra se quedó quieta, mirándolo fijamente. Miguel no sabía qué hacer. Si dejaba a la perra y sus cachorros allí, seguramente morirían por el calor o atropellados. No podía simplemente seguir su camino como si no los hubiera visto.
Sacó su teléfono y marcó el número de Lupita. Ahora, ¿qué, Miguel?, contestó ella, todavía molesta. Lupita, escúchame. Encontré algo en la carretera. Comenzó Miguel. Una perra está arrastrando una caja con seis cachorritos recién nacidos. ¿Qué? ¿Dónde estás? La voz de Lupita cambió completamente. A unos 20 km de Ciudad Juárez. La pobre está muy mal, flaca y con heridas en las patas. Los cachorros son muy pequeños, ni siquiera han abierto los ojos. Hubo un silencio al otro lado de la línea.
¿Qué vas a hacer? preguntó finalmente Lupita. Miguel miró a Canela, que seguía protegiendo la caja con sus bebés. Algo en sus ojos le recordó a sí mismo, cansado, pero determinado a seguir adelante. No puedo dejarlos aquí, morirían, respondió Miguel. Voy a llevarlos conmigo. Pero Miguel, nuestro apartamento es pequeño y don Ernesto no permite mascotas, le recordó Lupita. Miguel lo sabía bien. Su casero, don Ernesto Quiñones, era estricto con las reglas del edificio mirador en el barrio de la Chaveña.
Lo sé, pero no puedo simplemente abandonarlos, dijo Miguel. Encontraremos una solución. Para su sorpresa, Lupita respondió, “Tráelos, ya pensaremos en algo.” ¿Estás segura? preguntó Miguel sorprendido por la reacción de su esposa. “Siempre quise tener mascotas”, dijo Lupita con voz más suave. “Además es nuestro aniversario, ¿no? Pues este será tu regalo.” Miguel sonríó por primera vez en todo el día. “Gracias, Lupita. Llegaré en una hora más o menos.” Después de colgar, Miguel miró a Canela. “¿Qué dices, amiguita?
¿Quieres venir conmigo? regresó a su camión y sacó un pedazo de pan que le quedaba de su almuerzo. Lo ofreció a Canela dejándolo cerca de ella. La perra olió el pan y luego a Miguel. Después de un momento, tomó el pan y lo comió rápidamente. “Bien, ahora vamos a subirte a ti y a tus bebés al camión”, dijo Miguel. Con mucho cuidado. Levantó la caja con los cachorritos. Canela gruñó suavemente, pero no atacó. Parecía entender que Miguel quería ayudarla.
“Vamos, sígueme”, dijo Miguel caminando lentamente hacia el camión. Para su sorpresa, Canela lo siguió, aunque mantenía cierta distancia. Miguel puso la caja en el asiento del pasajero y luego ayudó a Canela a subir. La perra se sentó justo al lado de la caja sin quitarle los ojos de encima a sus cachorros. “Ahora vamos a Ciudad Juárez”, dijo Miguel encendiendo el motor. Mientras conducía, Miguel pensaba en lo que haría. Primero llevaría a la perra y sus cachorritos a un veterinario.
Seguramente necesitaban atención médica urgente. Miró de reojo a Canela, que seguía vigilando la caja. Eres muy valiente, ¿sabes? Arrastrando a tus bebés bajo este sol. le dijo, “No te preocupes, ahora estarán a salvo.” El camión azul continuó su camino por la carretera federal 45, ahora con dos pasajeros más. Miguel no sabía que esta parada inesperada cambiaría su vida para siempre. A medida que se acercaban a Ciudad Juárez, Miguel comenzó a preguntarse cómo reaccionaría Lupita al ver realmente a la perra y sus cachorros.
Una cosa era decir por teléfono y otra muy diferente era tener siete perros en su pequeño apartamento, pero algo dentro de él le decía que había tomado la decisión correcta. Algunos encuentros en la vida ocurren por una razón y este parecía ser uno de ellos. El camión azul avanzó por las calles polvorientas de Ciudad Juárez mientras el sol comenzaba a ocultarse. Miguel miró de reojo a Canela, quien seguía vigilando la caja con sus cachorros. Ya casi llegamos a casa, dijo Miguel girando hacia la avenida Insurgentes.