Cuando la lealtad se convierte en una carga… pero no se detiene.

La mujer avanzaba tambaleando por la carretera desierta, arrastrando aquella caja como si cargara el último pedazo de su vida. Los coches pasaban sin mirar hasta que un camionero frenó de golpe. Cuando él vio lo que había dentro, su expresión se derrumbó y dio un paso atrás temblando. Y los pocos testigos al borde de la ruta quedaron en silencio absoluto, sin entender cómo ella seguía de pie.

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¿Qué haces en medio de la carretera, perrita? ¿Estás loca? Te vas a matar. Un hombre en una camioneta roja gritó estas palabras por la ventanilla mientras pasaba a toda velocidad por la carretera federal 45. El polvo se levantó y cubrió el pelaje color caramelo de canela, quien se detuvo un momento jadeando con la lengua afuera. El sol de agosto caía sin piedad sobre el asfalto. Era mediodía y el calor hacía que todo pareciera moverse lentamente. Canela miró hacia atrás a la caja de cartón que arrastraba con una cuerda en su hocico.

La caja se había desgastado en las esquinas después de kilómetros de arrastrarla. Canela dio tres pasos más y se detuvo otra vez. Sus patas sangraban un poco. Su cuerpo flaco mostraba cicatrices de muchas peleas y accidentes. Había vivido 7 años en las calles de Ciudad Juárez y sus alrededores. Había sobrevivido a todo. Lluvia, calor, personas malas que le tiraban piedras y noche sin comida. Pero hoy era diferente. Hoy no luchaba solo por ella. Un pequeño sonido salió de la caja.

Canela se dio vuelta y empujó la caja con su nariz como diciendo, “Ya casi llegamos.” Luego tomó la cuerda otra vez entre sus dientes y siguió caminando paso a paso bajo el sol que quemaba. Los carros pasaban rápido, nadie se detenía, todos tenían prisa. El ruido de los motores asustaba a Canela, pero ella seguía arrastrando su carga con cuidado por la orilla de la carretera. A 5 km de distancia, Miguel Ángeles conducía su camión azul. El camión estaba viejo y descolorido por el sol, igual que la gorra de los indios de Juárez, que Miguel siempre llevaba puesta.

Sí, Lupita, sé que es nuestro aniversario, dijo Miguel hablando por teléfono mientras manejaba. Lo siento mucho, se me olvidó por completo. La voz de Lupita sonaba molesta del otro lado. Miguel, ¿cómo se te puede olvidar? 7 años de casados. ¿Sabes qué? Mejor hablamos cuando llegues a casa. Espera, no cuelgues”, pidió Miguel, pero era tarde. Lupita ya había cortado la llamada. Miguel suspiró y se pasó una mano por la barba de tr días. Tenía 45 años, la piel morena por el sol y las manos callosas de tanto trabajo.

Sus ojos cafés pequeños miraban cansados la carretera. Perfecto, murmuró para sí mismo. Primero el jefe me grita porque llegué tarde con la carga de chiles. Ahora mi esposa está enojada y mi espalda me está matando. Miguel llevaba 20 años siendo camionero. Cada semana hacía el mismo recorrido. De Chihuahua a Ciudad de México, llevando vegetales. conocía cada curva de la carretera federal 45. Mientras pensaba en cómo disculparse con Lupita, vio algo extraño en la orilla de la carretera.

¿Qué es eso?, dijo en voz alta. Al principio creyó que era basura, quizás una bolsa de plástico moviéndose con el viento, pero al acercarse notó que era un animal arrastrando algo. Miguel redujo la velocidad. No solía detenerse en la carretera. Tenía un horario que cumplir, pero algo en aquella imagen le llamó la atención. Puso las luces intermitentes y detuvo el camión a unos metros adelante. Miró por el espejo retrovisor y vio claramente a una perra flaca arrastrando una caja de cartón.