Sin él ya ni siquiera sabía qué significaba.
Una tarde me senté en el suelo con una caja con sus pertenencias del hospital: su billetera, el reloj con el cristal roto y, en el fondo, dobladas con el cuidado con que él doblaba todo: sus camisas de trabajo.
Azules. Grises. Y uno verde descolorido que recordaba de hace años.
Solíamos bromear diciendo que en su armario no había nada más que camisas.
«Un hombre que sabe lo que necesita no necesita mucho más», decía.
Sostuve una de las camisetas durante mucho tiempo.
Entonces surgió la idea, repentina y clara.
Si papá no pudiera estar en el baile de graduación… podría llevarlo conmigo.
Mi tía no pensaba que yo estaba loco, lo cual agradecí.
—Apenas sé coser, tía Hilda —le dije.
—Lo sé —dijo ella—. Te enseñaré.