Siempre habíamos sido sólo nosotros dos: papá y yo.
Mi madre murió al darme a luz, así que mi padre, Johnny, lo hacía todo él mismo. Me preparaba el almuerzo antes de ir a trabajar, volteaba panqueques todos los domingos sin falta, y allá por segundo de primaria aprendió a trenzar el cabello viendo tutoriales en YouTube.
También era el conserje de la misma escuela a la que yo asistí, lo que significó años de escuchar exactamente lo que todos pensaban sobre eso.
“Esa es la hija del conserje… Su padre limpia nuestros baños”.
Nunca lloré delante de ellos. Lo guardé para cuando llegara a casa.
Papá siempre lo sabía. Me ponía un plato delante en la cena y me decía: “¿Sabes lo que pienso de la gente que intenta hacerse grande haciendo sentir pequeño a otro?”.
“¿Sí?” pregunté con los ojos llorosos.
“No mucho, cariño… no mucho.”
Y de alguna manera, eso siempre hacía que las cosas se sintieran un poco mejor.
Papá me dijo que trabajar honradamente era motivo de orgullo. Le creí. Y allá por el segundo año, me hice una promesa silenciosa: iba a hacerlo sentir lo suficientemente orgulloso como para borrar cualquier comentario desagradable que la gente hubiera hecho.