Su mamá, Rosa, había muerto al darle a luz. Su padre la amó de verdad, pero falleció en un accidente cuando ella tenía cuatro años. Entonces fue enviada con su tía Lucía y el esposo de esta, Víctor Mejía. Al principio todo pareció normal. Después de la boda, Víctor cambió. Empezó a beber. A insultarla. A golpearla por cualquier cosa. Si tiraba un vaso, la encerraba en el sótano durante días. Si lloraba, le apagaba cigarros en la piel. Si se quejaba, le pegaba con el cinturón. Lucía veía todo, lloraba a escondidas… y no hacía nada.
Hasta que una noche Elena escuchó algo peor.
Víctor debía dinero y estaba desesperado. Dijo que podía venderla. Que todavía era pequeña y “valía buena lana”.
Esa madrugada, la niña escapó por una ventana del sótano. Caminó tres días descalza, durmió en callejones, comió de la basura y terminó frente a Obsidiana, donde hizo la única pregunta que le salió del alma:
“¿Conoce a alguien que quiera una niña?”
Cuando terminó de contar todo, Elena bajó la cabeza.
—Perdón… yo sé que doy muchos problemas. Si ya no me quiere aquí, me voy.
Santiago sintió que se le incendiaba la sangre.
Se puso de rodillas frente a ella y, con una delicadeza que parecía imposible en un hombre como él, la abrazó.
Al principio, Elena se quedó rígida. Luego, muy poco a poco, levantó los brazos y se aferró a su cuello como si se estuviera sujetando a la única tabla en medio de un mar oscuro.
—Escúchame bien —le dijo él, con la voz baja pero firme—. Nadie va a volver a tocarte. Nadie va a encerrarte. Nadie va a venderte. Te lo prometo.