—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Puedo… quedarme aquí con usted?

Santiago le secó las lágrimas con los pulgares.

—Todo el tiempo que tú quieras. Esta es tu casa.

Las semanas siguientes fueron un milagro lento. Elena dejó de esconder comida. Empezó a dormir algunas noches sobre la cama. Reía más. Dibujaba casas, conejos y soles enormes. Un día entró a la oficina de Santiago y le regaló un dibujo donde aparecían él, ella y su conejo frente a una casa amarilla. Abajo había escrito, con letras torcidas: Mi familia.

Santiago lo enmarcó y lo colgó detrás de su escritorio.

Pero la paz duró poco.

Una tarde, Víctor Mejía apareció en la recepción del restaurante con papeles legales en la mano, fingiendo preocupación.

—Busco a mi sobrina. La niña está confundida. Dice mentiras. Yo soy su tutor.

Sara lo entretuvo mientras avisaban a Santiago. Cuando este salió, Víctor sintió por primera vez que había entrado en el lugar equivocado.

—Aquí no hay ninguna niña para ti —dijo Santiago.

Víctor sonrió, falso.

—Tengo derechos.

—Te doy diez segundos para salir.

Antes de irse, el hombre lanzó una amenaza:

—Esa niña me pertenece. Y siempre recupero lo que es mío.