—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

Esa noche le prepararon una habitación cálida, con cama grande, cobijas suaves y una lámpara encendida. Elena no durmió en la cama. Se acurrucó en la esquina más lejana, con el abrigo de Santiago y su conejo. Antes de dormirse, escondió rebanadas de pan bajo la almohada y una manzana en el bolsillo del abrigo, por si la echaban al día siguiente.

A las cinco de la mañana, el chef del restaurante, Toño Rivas, la encontró hurgando en la basura de la cocina en busca de restos de pan.

No la regañó.

Encendió la estufa, hirvió pasta, hizo una salsa de jitomate sencilla y le puso un plato frente a ella.

—En mi cocina nadie come de la basura —dijo con voz ronca.

Elena lo miró con sospecha. Él tomó un tenedor, probó primero y añadió:

—No está envenenado. Lo hice yo.

La niña dio un bocado. Luego otro. Y otro. Comió con lágrimas silenciosas en los ojos.

Desde ese día, Toño se volvió su refugio. Le enseñó a revolver sopas, a estirar masa, a espolvorear queso. Ella empezó a llamarlo Tío Toño. Sara, la gerente estricta del restaurante, primero la observó con desconfianza, pero terminó comprándole colores y cuadernos. Marcos le inventó un saludo secreto con palmadas y puños. Y poco a poco, Obsidiana comenzó a cambiar.

La única persona de la que Elena seguía teniendo miedo era Santiago.

No porque él la hubiera tratado mal. Al contrario. Precisamente por eso. Porque era hombre, alto, poderoso, y eso, para ella, significaba peligro.

Santiago no la forzó jamás. La dejó acercarse a su ritmo. Solo estaba allí. Siempre. Cuando tenía pesadillas, él se sentaba en el suelo, junto a la pared, con todas las luces encendidas, hasta que volvía a dormirse. Cuando no podía comer, esperaba en silencio. Cuando se quedaba inmóvil ante cualquier ruido fuerte, él no preguntaba, solo permanecía cerca.

Una noche, después de un grito terrible que despertó a medio edificio, Elena confesó entre sollozos lo que había vivido.