—¿Conoces a alguien que quiera tener un hijo? —preguntó una niña al jefe de la mafia más temido.

La llevaron a una sala privada al fondo del edificio. Le pusieron comida, agua, una manta. Pero Elena no tocó nada. Se sentó en una esquina, abrazando su conejo, vigilando cada movimiento como un animal herido.

La doctora Helena Cárdenas llegó veinte minutos después. Había atendido a Santiago durante quince años y nunca hacía preguntas innecesarias. Entró a la habitación con voz tranquila, se presentó, trató de acercarse. Elena retrocedió de golpe, con todo el cuerpo.

—No, por favor… voy a portarme bien… no me pegue…

Santiago, que observaba desde la puerta, sintió que algo le ardía por dentro.

Se sentó en el suelo, a cierta distancia de la niña, con la espalda contra la pared.

—Elena —dijo despacio—. La doctora solo quiere revisar que estés bien. No va a hacer nada que tú no quieras. Yo me voy a quedar aquí.

La niña lo miró, dudó, y luego, con una lentitud temblorosa, puso sus dedos pequeños sobre la mano abierta que él le ofrecía.

La revisión duró poco, pero el reporte fue suficiente para dejar el aire helado.

Desnutrición severa. Costillas mal soldadas. Marcas de cinturón en la espalda. Siete quemaduras de cigarro en brazos y piernas. Uñas arrancadas. Principio de congelamiento en ambos pies.

Helena cerró su maletín con los labios tensos.

—Esto no es maltrato común, Santiago. Es tortura sistemática. Alguien la hizo sufrir durante mucho tiempo.

Santiago no respondió. Solo volvió a entrar a la habitación y se arrodilló frente a Elena.

—¿Quién te hizo esto?

La niña lo miró con unos ojos extrañamente viejos.

—Yo era mala —susurró—. Y me castigaban.

Aquella frase rompió algo dentro de él.