—¿Cómo se declara la acusada?

La sala entera contuvo la respiración.

Renata dejó de sonreír.

—¿Qué dijiste? —preguntó el juez.

Gael tragó saliva.

—La vimos.

El juez inclinó la cabeza.

—¿A quién?

El niño levantó el dedo.

Apuntó directamente a la primera fila.

A **Renata**.

El silencio cayó como una bomba.

—Ella —dijo Gael—. La vimos poner el collar en la bolsa de Mariana.

Renata se levantó de golpe.

—¡Esto es absurdo!

Emiliano habló rápido, como si supiera que tenía pocos segundos antes de que alguien lo callara.

—Estábamos jugando a escondidas en el armario del pasillo.

—¡Niños! —gritó Santiago.

Pero ellos siguieron.

—La vimos —repitió Emiliano—. Ella estaba sola en la habitación.

La cara del fiscal cambió.

—¿Y por qué no dijeron nada antes?