Emiliano y Gael.
El alguacil intentó detenerlos, pero ya estaban en medio del pasillo central.
Mariana se levantó de golpe.
—¡No! ¡Niños!
Pero ya era tarde.
Gael, el más pequeño, señaló directamente al banco donde estaba Santiago.
—¡Papá, dile que no fue Mariana!
El murmullo en la sala creció.
El juez golpeó el mazo.
—¡Orden en la corte!
Santiago se levantó, pálido.
—¿Qué hacen aquí?
Emiliano habló primero, con la valentía torpe de los siete años.
—¡Porque están diciendo mentiras!
El fiscal se frotó la frente.
—Señoría, esto es inapropiado—
—Déjelos hablar —dijo el juez, frunciendo el ceño.
Los niños se miraron entre sí.
Gael dio un paso adelante.
—La joya no la robó Mariana.