A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

—¿Arresto? —chilló Anselmo al borde del colapso—. ¿Por qué? Yo no he hecho nada.

—Daños a propiedad ajena —indicó el agente, mientras sacaba las esposas metálicas de su cinturón—. Están destruyendo una vivienda que no es suya. Además, el licenciado Ledesma presentó pruebas de falsificación en los permisos de demolición.

Vi al policía sujetar las manos de mi hijo. Esas mismas manos que un día tomé al cruzar la calle rumbo a la escuela. Hoy empuñaban un mazo para acabar con lo que su padre nos dejó.

El oficial lo volteó y lo empujó contra la patrulla.

—No, por favor, mamá. No dejes que me lleven —lloriqueaba Anselmo—. Mamá, diles que se detengan. Soy tu hijo.

Yo no me moví.

El clic del metal cerrándose sobre sus muñecas fue seco.

Click, click.

Ese sonido marcó el final de mi maternidad ciega.

Citlali corrió hacia mí y me agarró del brazo, sacudiéndome.

—Haz algo, vieja bruja —me gritó en la cara—. Es tu hijo. Lo van a meter a la cárcel. Diles que fue un malentendido. Diles que tú nos autorizaste.

Me zafé de su mano con un movimiento firme. Le lancé una mirada tan helada que retrocedió.

—Yo no les di permiso de nada —dije—. Ustedes me mandaron al parque. Ustedes brindaron con champán por mi caída. Ustedes me llamaron estorbo.

Me le acerqué, invadiendo su espacio.

—Ahora tú eres el estorbo, Citlali. Y te advierto algo: esto apenas comienza.

Fermín ya estaba esposado y encerrado en otra patrulla. Gritaba que llamaría a sus abogados, que esto era una injusticia, pero nadie le hacía caso. Los vecinos miraban con gusto. A nadie le caen bien los engreídos.

Efraín se me acercó y me entregó una copia de la orden judicial.

—Aquí tiene, doña Fidelia —dijo en voz baja—. Es su casa otra vez.

Tomé el documento. Sentí su textura. No era un simple papel. Era mi dignidad restaurada. Era el escudo de mi difunto protegiéndome desde el más allá.