Del carro negro descendió el licenciado Efraín Ledesma. Caminó hacia nosotros con una carpeta de piel bajo el brazo. Su traje oscuro y su corbata bien puesta desentonaban con el polvo y el desastre de la demolición. Se colocó a mi lado sin decir una sola palabra, pero su sola presencia era como una muralla firme.
—¿Qué significa esto? —chilló Citlali al recuperar el habla—. ¿Quiénes son ustedes? Esta es propiedad privada. Tienen que irse de inmediato.
Efraín ni la miró. Solo volteó hacia los policías y asintió con la cabeza. Luego fijó la mirada en mi hijo.
—Dos Anselmo Cisneros —pronunció con fuerza Efraín. Su voz resonó por toda la calle—. Se le ordena cesar de inmediato cualquier acción de demolición o modificación en este predio.
Anselmo balbuceó:
—Pero, pero esta es mi casa. Soy el propietario. Tengo los papeles.
—Ya no —respondió Efraín con calma, mientras abría la carpeta.
Sacó un documento con el sello del tribunal familiar. Lo alzó para que todos pudieran verlo.
—Esta mañana, a primera hora, se activó la cláusula quinta del contrato de donación que usted firmó hace una década ante notario público.
Efraín se detuvo un segundo. La calle entera quedó en silencio.
—La cláusula de ingratitud.
—¿Ingratitud? —preguntó Anselmo con voz temblorosa.
—Exactamente —explicó Efraín, pronunciando cada palabra con lentitud, como quien clava puñales—. La ley en México protege a los padres que donan en vida si los hijos cometen actos de ingratitud, como abandono, maltrato emocional o intentar destruir el patrimonio sin consentimiento. La donación se revoca, se invalida, se elimina.
Efraín me señaló con respeto.
—Desde las ocho y media de esta mañana, por decisión de un juez familiar, la propiedad ha vuelto legalmente a manos de su madre, la señora Fidelas Cisneros.
Di un paso al frente. Lo miré directo a los ojos.
—Ya no eres dueño de nada, Anselmo —le dije. Mi voz fue firme, sin titubeos—. Solo eres un huésped malagradecido.
Citlali se abalanzó con las uñas listas, como gata acorralada.
—¡Eso es mentira! —gritó—. ¡Ese papel es falso! ¡Esa vieja no puede hacernos esto! ¡Tenemos derechos! Fermín, di algo. Tú sabes de esto.
Pero Fermín Gallardo ya no parecía tan seguro. Trataba de escabullirse de espaldas hacia su carro. Un policía se le puso enfrente.
—Hasta aquí, señor Gallardo —dijo el oficial—. También tenemos orden de arresto para usted y el señor Anselmo Cisneros.