A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Cada mazazo era una puñalada. El polvo volaba a cada impacto. Jadeaba como animal cansado. Se veía ridículo. Se veía chico.

Citlali brincaba como niña, soltando gritos:

—¡Ahí, pégale ahí! ¡Ya casi se rinde!

No, Citlali. Esa puerta no se va a rendir con un mazo. Mi Rosendo la mandó a hacer para aguantar temblores y rateros. Pero lo que sí se rompía era mi corazón. Se endurecía con cada golpe, capa tras capa.

Vi todo con una claridad aterradora. Ya no eran mi sangre. Eran zopilotes disputándose el cuerpo de un muerto tibio.

Anselmo soltó el mazo para tomar aire. Tenía las manos ardiendo. Se quedó mirando la puerta, que seguía firme guardando su secreto.

—No se abre —dijo con la voz quebrada.

—¡Entonces sigue, bruto! —chilló Citlali.

En medio de ese momento, entre los bufidos de Anselmo y los alaridos de ella, escuché algo más. A lo lejos empezó el canto de sirenas, primero apenas un murmullo, luego un aullido que invadió la calle.

Volteé hacia la avenida. Las luces rojas y azules rebotaban en los muros.

La ayuda venía.

Pero no para rescatarlos. Venía a enterrarlos.

Respiré profundo. Me levanté. Dejé un billete de cincuenta sobre la mesa por el café. Me alisé el mandil. Me acomodé el rebozo.

Ya era momento.

Salí del café justo cuando las patrullas daban vuelta a la esquina, frenando con un chirrido frente a mi casa hecha pedazos. El circo había terminado.

Las luces de las patrullas pintaban mi fachada en rojo y azul. Dos unidades bloquearon el paso a la máquina. Detrás se estacionó un coche negro y elegante. Todo el barrio salió. Se juntaron en la banqueta, murmurando, señalando. El show de Anselmo y Citlali se les había salido de control.

Me incorporé de la silla. Me ajusté el rebozo, no por frío sino para imponer. Caminé hacia la salida. Crucé despacio. No bajé la mirada. Llevé la cabeza en alto, el mentón firme. Los vecinos se hicieron a un lado.

—Ahí viene doña Fidelita —escuché.

No respondí. Caminé entre ellos hasta el portón abierto de mi hogar. Me planté justo en la entrada.

Anselmo soltó el mazo. La madera golpeó el suelo y levantó polvo. Su cara era un trapo, empapado. Me vio como si viera una aparición. Sus ojos iban de mí a las patrullas y luego de nuevo a mí. No entendía nada. Se suponía que yo andaba en el parque dando de comer a las palomas, perdida en mis recuerdos de vieja chochando.

Citlali se quedó congelada. Tenía la boca abierta, pero no lograba articular palabra. Su maquillaje tan cuidadosamente aplicado se veía grotesco bajo la luz intensa del mediodía.