—¡Anselmo, ven para acá, inútil! —le gritó—. Tu padre escondió algo aquí. Apostamos a que son monedas antiguas o las joyas de la abuela. Siempre sospeché que esos ancianos escondían una fortuna.
El rostro de Citlali se transformó. Ya no parecía una mujer atractiva. Se había convertido en una fiera que acaba de percibir el olor a riqueza. Se le olvidó la demolición. Se le borró de la mente el proyecto de los departamentos. Lo único que le importaba era lo que estaba tras esa puerta.
Fermín se acercó examinando la cerradura oxidada.
—Está cerrada desde adentro —dijo con la voz entrecortada por la ansiedad—. Hay que abrirla ya, pero antes de que alguien se entere. Nos lo repartimos tú y yo, Citlali. Mitad y mitad.
Y Anselmo. Nadie se molestó en incluirlo.
Él seguía ahí, viendo la puerta que su padre construyó. Tal vez por un instante recordó verlo trabajar con cemento fresco. Tal vez pensó en su infancia. Pero Citlali no le dio ni un segundo más.
—¡Anselmo, muévete ya! —chilló ella, fuera de sí—. Ve por el marro a la troca de los albañiles. Revienta esa puerta.
Anselmo parpadeó, como despertando de un sueño.
—¿Quieres reventarla? —dijo con voz apagada—. Pero, Citlali, esa puerta se ve muy reforzada. Mi papá siempre decía que…
—Me vale madre lo que decía tu papá —lo interrumpió ella, tomándolo de la camisa y sacudiéndolo—. Allá adentro está nuestra salida. Ahí está el dinero que evitará que te deje plantado, ¿entendiste? Rompe esa maldita puerta ya.
La amenaza surtió efecto. El temor a perderla fue más fuerte que el respeto por su padre. Anselmo corrió a la camioneta. Volvió arrastrando un marro pesado, con el mango de madera ya astillado.
Mis manos se aferraron con fuerza al borde de la mesa en la fonda. Quería cerrar los ojos, pero me obligué a mantenerlos abiertos. Necesitaba presenciar hasta dónde podía llegar la miseria de mi propio hijo.
Anselmo se paró frente al portón de acero y alzó el mazo. Le temblaban los brazos, no por el peso sino por el remordimiento. Pero, al ver a Citlali que le hacía señas desesperadas con la mirada llena de codicia, se llenó de decisión.
—Hazlo —susurró ella.
Y él obedeció. Dejó caer el mazo con toda su fuerza. El golpe sonó como campana de difunto.
Clang.
El metal retumbó sin inmutarse. Pero el dolor me atravesó las costillas más fuerte.
—¡Más fuerte! —vociferó Fermín mientras se frotaba las manos—. Pega en la chapa.
Anselmo volvió a alzar el mazo, y otra vez, y otra más. Le pegaba con coraje, con desesperación. Y golpeaba la historia de quien le dio la vida, empapado en sudor, solo por complacer a una mujer que lo veía con desdén y a un cómplice que lo tenía en la mira.