Se acabó.
El corazón que un instante antes retumbaba por la pena, de pronto se congeló, y cuando volvió a latir lo hizo con otro compás: lento, frío, firme, como el acero de esa máquina que ya esperaba en la calle.
Ya no soy tu madre, Anselmo Cisneros. La mujer que te dio la vida murió en esa banqueta, junto con los vidrios rotos. La que está aquí sentada es solo Fidelia, la dueña de la casa y de tu destino.
Observé por la ventana con los ojos secos. El operador de la retroexcavadora se acomodó en la cabina. El motor rugió, escupiendo humo negro al cielo limpio de la mañana. La garra metálica se elevó despacio, proyectando una sombra siniestra sobre el frente de mi hogar.
Anselmo y Citlali aplaudían. Fermín miraba su reloj, impaciente. Para ellos era el comienzo de algo nuevo. No imaginaban que estaban celebrando su propio entierro financiero.
Bebí el último trago de mi café ya frío y con un sabor amargo. Sabía a venganza.
Adelante, pensé. Tiren la primera piedra, porque en cuanto esa máquina toque mi casa, ustedes habrán sellado su destino.
Me acomodé en la silla, crucé los brazos y esperé. Ya no dolía. Solo sentía una calma inmensa y feroz.
El motor de la excavadora tronó con fuerza. El estruendo opacó las risas y los brindis. Desde mi asiento vi cómo el brazo amarillo se alzaba hacia el cielo. Parecía la garra de una bestia hambrienta. El operador movía los controles sin emoción alguna. Para él era otro encargo. Para mí, era el final de toda una época.
La garra bajó con furia.
El primer golpe no fue contra la casa principal. Fue al cuarto trasero. Mi cuarto. Ese rincón donde pasé mis últimas noches entre llanto y oraciones. El impacto estremeció la tierra. Vi cómo el techo de lámina y las vigas viejas se doblaban como si fueran cartón. Una nube de polvo espeso y gris llenó el aire, cubriendo la calle como una neblina sucia. Los tabiques se vinieron abajo. Mis pocas cosas, el colchón vencido, la silla coja, todo quedó sepultado en segundos bajo los restos.
Sentí un punzón agudo en el pecho. Ahí se iba mi refugio.
El trabajador ajustó la máquina para el segundo golpe. Esta vez le tocaría al muro del fondo. La garra impactó de nuevo. Los ladrillos se vinieron abajo. Ese muro falso que Rosendo, mi esposo, había levantado con sus propias manos hacía ya tres décadas, se desplomó.
Pero lo que pasó después hizo que todo se detuviera.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, no apareció un hueco vacío. Entre los restos de ladrillo y cemento surgió algo que resplandecía con la luz de la mañana. Era metal.
Una puerta de acero macizo. Tenía los bordes oxidados, sí, pero se veía fuerte, imponente y poderosa. Era una puerta blindada que había permanecido oculta, aguardando en la penumbra por años.
—¡Alto! —El grito de Citlali fue tan agudo que sobrepasó el ruido del motor—. ¡Apaguen eso! ¡Deténganlo ya!
Citlali corrió entre los escombros. No le importaron los tacones sucios ni el cabello deshecho por el polvo. Su mirada se clavó en la puerta de acero. Sus ojos brillaban con una luz que yo conozco muy bien: la de la ambición desmedida.
Fermín la siguió sin pensar. Se olvidó de su traje de marca. Se olvidó de guardar apariencias.
—¿Qué es eso? —preguntó con la respiración entrecortada.
—¡Es una bóveda enorme! —gritó Citlali, pasando sus manos llenas de anillos por el metal frío—. Mira, Fermín. El viejo avaro tenía un secreto guardado.
Se giró hacia Anselmo, que se había quedado estático en la banqueta, con la boca abierta y la mente en otro lado.