No, Fidel. Aguanta. Mira bien. Mira quiénes son de verdad.
Citlali sirvió las copas. Le dio una a Fermín. Luego se volvió hacia Anselmo.
—¿Y tú, mi amor? —dijo con esa vocecita melosa que es puro veneno—. ¿No vas a brindar? Ya no tienes que aguantar sus lamentos, no. Ya no tienes que verle la cara triste todos los días. Eres libre, Anselmo. Eres un hombre rico.
Anselmo tomó la copa. Yo contuve el aliento. Una parte de mí, la más ingenua, aún pensaba que él tiraría la copa, que diría que no se puede brindar por destruir el hogar donde nació, que defendería a su madre de tanto desprecio.
Pero Anselmo miró a Fermín, a Citlali, luego a la casa. Sonrió.
—Tienes razón, mi vida —dijo mi hijo, con voz clara bajo la calma de la mañana—. Debí haberla metido al asilo desde el año pasado.
Sentí como si me dieran un golpe seco en el pecho. Me faltó el aire. Las piernas me temblaron bajo la mesa.
—La verdad es que ya está muy mal —siguió Anselmo, tomando valor con las risas de los otros—. Se le olvidan las cosas, no se baña, solo estorba aquí. Estorba para que avancemos, estorba para que seamos felices. Mejor que se quede pudriéndose en un asilo con enfermeras y nosotros a gozar la vida.
No. Ahí estaba la verdad sin adornos. No, no era solo miedo a su esposa. No era solo debilidad. Era desprecio.
Mi propio hijo, al que le entregué mi juventud, mi salud y todo mi cariño, me veía como un estorbo, como basura que hay que barrer para poder gozar la vida.
Citlali soltó un grito de emoción y alzó su copa para chocar con la de él.
—Así se dice, amor. Por lo que viene.
Bebieron de un solo trago.
Entonces Citlali ejecutó su acto final con un gesto dramático. Aventó su copa vacía contra el pilar de la entrada. El sonido del vidrio estrellándose contra la piedra fue seco y concluyente. Los pedacitos brillantes cayeron al suelo, mezclándose con el polvo de la banqueta.
Ese estallido también hizo trizas algo dentro de mí. Sentí cómo se rompía el último hilo invisible que me unía a Anselmo, ese lazo que ni los años ni la distancia habían podido cortar. Él lo partió con su deslealtad.
Una sola lágrima bajó por mi mejilla izquierda. Estaba tibia, pero fue la única. Me la quité con un manotazo firme.