A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

Vi a Citlali destapar la botella. El corcho salió volando. La espuma blanca escurrió entre sus dedos cargados de anillos. No sirvió las copas de inmediato, no. Hizo algo que me revolvió el estómago. Se acercó al portón de fierro de mi casa, ese que mi Rosendo pintaba con tanto esmero cada año. Citlali agitó la botella y aventó el vino espumoso sobre el metal oxidado, sobre la fachada, sobre las macetas secas.

Fue un acto de burla.

—Por fin —chilló, gritó su voz atravesando el vidrio del cafecito donde yo estaba—. Por fin vamos a limpiar este lugar.

Chilló riéndose a carcajadas.

—Por fin vamos a sacar el olor a miseria y a vejez de nuestras vidas. Brindo por eso. Brindo por nuestra libertad.

Fermín soltó una risa que sonó más a llena que a humano.

—Salud por eso, socia —gritó, levantando su copa vacía—. Ya era justo tirar este estorbo. Un terreno tan cerca del centro es un desperdicio con una casa tan fea encima.

Mis dedos se aferraron a la taza de café hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí el impulso de levantarme, de cruzar la calle y bofetearlos. Pero me forcé a quedarme.