Me di la media vuelta y caminé, pero no fui al parque. Crucé la calle. Caminé unos cincuenta metros hasta llegar a la cafetería de don Beto, ese lugar con ventanales grandotes que dan justo hacia mi casa.
Entré y me senté en la mesa del rincón, junto al vidrio.
—Un cafecito negro sin azúcar —le pedí al mesero.
Me quedé ahí sentada como estatua, con las manos abrazando la taza caliente, sin probarla, con la vista fija en la fachada de mi hogar.
Vi a Citlali y Anselmo volver a entrar. Me los imaginé celebrando. Me los imaginé brindando por su supuesto triunfo.
Pobres ilusos.
Miré mi reloj. Faltaban cinco para las siete. Saqué el celular que Domitila me había dado con todas las pruebas y lo puse sobre la mesa, junto al café. Todo estaba en su sitio. El escenario listo, los actores en su lugar.
Solo faltaba que llegara el invitado especial.
Y ahí lo vi. Allá al fondo de la calle, doblando despacito la esquina, apareció grande, ruidoso, amarillo. El monstruo de fierro venía avanzando por el asfalto, haciendo retumbar el suelo.
La excavadora ya estaba aquí.
Le di un traguito a mi café amargo.
Que empiece la función.
Desde mi mesa en la cafetería, resguardada tras el vidrio frío, lo vi todo. Parecía escena de película grotesca. Justo cuando el reloj de la iglesia dio las siete campanadas, un carro negro bien elegante se estacionó frente a mi casa.
Bajó Fermín Gallardo. Traía un traje gris que hasta lastimaba la vista y unos zapatos italianos que seguro costaban más de lo que mi difunto esposo ganaba en un año. Caminaba con ese aire de superioridad que tienen los que se sienten intocables, saludando a los obreros de la excavadora como si fueran sus empleados.
Citlali salió a recibirlo. Virgen Santísima, esa mujer no conoce la vergüenza. Se plantó en la banqueta como si estuviera en una pasarela, llevando una botella verde y tres copas finas.
¿Quién saca champán a las siete de la mañana en una colonia residencial? Solo alguien que ya perdió la cabeza, o que está tan embriagado de ambición que no distingue la mañana de la noche.
Mi hijo Anselmo apareció detrás de ella. Al principio se le notaba inquieto, acomodándose la camisa, mirando de reojo por si algún vecino lo veía. Pero en cuanto Fermín le dio una palmada y una sonrisa, mi hijo se aflojó. Se enderezó, sonrió como chamaco al que acaban de invitar a sentarse con los más populares.