Me aventó una bolsa de plástico sobre las piernas. Dentro había una botella de agua tibia y un pan dulce apachurrado. Luego sacó unas monedas del bolsillo y las dejó caer sobre la cama.
—Toma, para que te compres un atole o algo. Pero no regreses hasta que se meta el sol, ¿entendiste? No quiero verte rondando por aquí, estorbando a los trabajadores.
Miré las monedas brillantes sobre la colcha percudida. Veinte pesos. Ese era el precio que ella le ponía a mi dignidad. Ese era el pasaje para sacarme de mi propia casa.
Alcé la mirada y busqué los ojos de mi hijo. Anselmo estaba recargado en el marco de la puerta. Traía puesta su camisa dominguera aunque era martes. No quería cruzar miradas conmigo. Veía sus zapatos, el techo, cualquier cosa menos a su madre.
—¿También tú quieres que me vaya, hijo? —le pregunté bajito.
Anselmo se puso tenso. Vi cómo tragaba saliva, moviéndosele la garganta.
—Es por tu bien, mamá —dijo sin mirarme, apenas en un murmullo—. Estarás mejor fuera. Aquí todo se va a descomponer.
Sí, pensé yo. Esto se va a descomponer, pero no como tú crees.
Me paré despacito, haciendo como que las rodillas me dolían más de lo normal. Agarré la bolsa de plástico y el puñito de monedas. Me puse mi suéter de lana, ese que ya tiene los codos rotos.
—Está bien —dije bajando la cabeza, como quien acepta su suerte—. Si ustedes creen que es lo mejor, yo me ajusto. Me voy al parque a darle de comer a las palomas.
Citlali se sonrió. Una sonrisa de esas que se dan cuando uno se siente ganador, como cuando el cazador ve al venado rendirse.
—Vámonos —dijo ella, señalando para fuera.
Caminé lento hasta el portón. Cada paso que daba, alejándome de mi casa, me pesaba más. Pero algo dentro de mí sabía que tenía que hacerlo. Crucé el patio donde Anselmo jugaba de niño. Pasé junto a las macetas de geranios que yo misma planté y que ahora estaban secas por descuido.
Citlali y Anselmo me escoltaron hasta la puerta como si fuera una reclusa. Apenas puse un pie en la banqueta, Citlali me soltó una última frase. Su voz sonaba preocupada, pero nomás para que los vecinos no se dieran cuenta de nada.
—Cuídate mucho, Fidel, y ya sabes, vuelve bien tarde. No queremos accidentes.
Me detuve. Me di la vuelta despacio y los miré. Citlali con los brazos cruzados, bien altiva. Anselmo con las manos metidas, todo encogido. La miré directo. Dejé que una sonrisita se me escapara, chiquita pero clara. No era la sonrisa de la señora boba. Era la sonrisa de quien tiene un plan bajo la manga.
—Sí, hija —respondí con voz firme—. No te apures. Esta noche regreso, gracias, y te juro que, cuando vuelva, todo va a ser distinto.
Citlali frunció el entrecejo, medio confundida, pero se le subió el orgullo y creyó que yo hablaba de la remodelación. Ella creyó que me refería a ver la casa nueva.
—Claro que va a ser distinto —dijo con desprecio—. Ahora lárgate.