A la 1 de la madrugada, escuché a mi nuera hablar por teléfono: “¡El plan funcionó! Mañana destruimos esta casa y saco a la vieja tonta.” Pero su plan se vino abajo… porque a la mañana siguiente, gritaba desesperada…

—Tiene que perderlo todo antes. Tiene que sentir el vacío helado del abismo. Tiene que ver cómo su hogar es destruido por su culpa. Solo cuando esté en la ruina, sin techo ni centavo, le enseñaré la verdadera cara de su esposa. El dolor es el único maestro que le queda a mi hijo.

Tomitila sintió despacito, con una expresión de respeto.

—Usted… usted es una mujer fuerte, doña Fidelia —dijo ella—. Vaya, vaya y ponga fin a esto. Yo rezaré por usted.

Me despedí de Domitila y retomé el camino. El sol ya casi asomaba. Caminaba con paso firme. Ya no iba hacia mi condena. Iba rumbo a mi veredicto final, y yo era la jueza.

Guardé el celular en el fondo de la bolsa de mi delantal. Ahí se quedaría, esperando el segundo exacto para detonar.

La compasión ya no vivía en mí. Solo quedaba un plan helado y exacto.

Prepárate, Citlali. Prepárate, Anselmo. La función está por comenzar.

Alcancé a meterme al cuartito de tiliches justo a tiempo. Me quité el rebozo y lo escondí bajo el colchón. Me acosté tapándome hasta la barbilla con la cobija vieja que huele a encierro. El corazón me retumbaba contra las costillas con tanta fuerza que temía que se oyera afuera.

Y cerré los ojos. Tenía que aparentar. Tenía que ser la viejita indefensa que ellos juraban que era.

Apenas pasaron diez minutos cuando la puerta se abrió de golpe. La luz dura de la mañana se coló en el cuarto, quemándome los ojos.

Ahí estaba Citlali. Ya se había cambiado y pintado, perfecta, como si fuera a un evento elegante y no a presenciar una demolición. Atrás de ella, como sombra desganada, Anselmo.

—Arriba, Fidel —dijo Citlali, sin molestarse en saludar—. Ya es tarde.

Me incorporé despacio en la cama, frotándome los ojos como si saliera de un sueño pesado.

—¿Qué ocurre, hija? —pregunté, dándole a mi voz un tono de temblor y desorientación—. ¿Por qué tanto jaleo tan temprano?

—Hoy vienen a arreglar el drenaje de la calle —soltó con una naturalidad que me dio escalofríos—. Va a haber mucho polvo y ruido. No es bueno para tus pulmones viejitos, así que vas a irte al parque.