Finalmente, como un impulso, volví a teclear 5181202. Click. La cerradura se abrió. Me temblaban las manos. Abrí el cajón. Dentro no había documentos, solo un penendrive negro, sin ninguna marca. Tenía que ser esto. Rápidamente lo conecté al ordenador. Solo contenía una carpeta con un nombre de letras y números al azar. La abrí. Dentro había varios archivos de video creados en los últimos meses. Abrí el primero. La imagen temblaba como si estuviera grabada desde un rincón de una sala de reuniones.
En la imagen salían Marcos y otros dos hombres de traje. Uno de ellos me sonaba, era el señor Sánchez. Hablaban rápido en español. No entendía todo, pero varias palabras se repetían. Riesgo, aval, traspaso de cuentas, auditoría. El segundo video era en un almacén. Marcos dirigía a unos operarios que cargaban cajas con etiquetas de material médico en un camión sin ningún logo de empresa. La luz era tenue, pero la cara de Marcos se veía perfectamente. El tercero era una grabación de pantalla.
Se veía Marcos operando en la web de un banco extranjero haciendo una transferencia. La cantidad era enorme. El destinatario era una empresa offshore con un nombre muy largo. El concepto de la transferencia era gastos de consultoría. El cuarto video mostraba a Marcos reuniéndose con un hombre de aspecto de Oriente Medio. El hombre le entregaba un maletín grueso. Marcos lo abría y se veía que estaba lleno de fajos de billetes de euro. La sangre se meló. Aunque no entendía todas las conversaciones y no conocía los detalles, las imágenes eran suficientes para componer un cuadro aterrador.
Marcos o su empresa estaba metido en operaciones financieras ilegales. Quizás algo aún más grave. ¿Tenían algún problema esos equipos médicos? ¿A dónde iba ese dinero y esa transacción en efectivo? Las cosas malas de las que hablaba Hugo eran mucho peores de lo que había imaginado. No era solo control familiar y tacañería. Esto era muy probablemente un delito. Si salía la luz, Marcos acabaría en la ruina o incluso en la cárcel. Y Lucía y los niños se verían arrastrados.
En ese momento oí que la puerta de casa se abría y luego las voces de los niños. Imposible. Lucía dijo que tardaría 3 horas. Apenas había pasado una. Se me erizó el bello. Con la mayor rapidez posible expulsé el penrive, cerré las ventanas de los videos y la carpeta lo saqué del ordenador y me lo metí en el bolsillo. Apagué el ordenador, todo en cuestión de segundos. Salí corriendo del despacho cerrando la puerta a mi espalda. No me dio tiempo a echar la llave.
Ya se oían pasos subiendo las escaleras. Era Lucía. Sofía, ¿estás arriba? Su voz sonaba algo extrañada. Sí, estoy en el baño. Respondí rápidamente, metiéndome en el baño del pasillo. Cerré la puerta y tiré de la cadena. El ruido del agua ahogó mis latidos desbocados. Me miré en el espejo. Estaba pálida. Respiré hondo y me eché agua fría en la cara, intentando calmarme. Luego abrí la puerta. Lucía estaba en la puerta del dormitorio principal con cara de preocupación.