—¿Eso es para hacerme más fácil la llegada a mí o a usted?
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa rozó el rostro de Gabriel.
—Buena pregunta.
El paisaje se abrió en lomas doradas, nopales, cercas largas y vacas desperdigadas a la distancia. Durante un rato viajaron en silencio, hasta que él habló de pronto, sin mirarla.
—Mi esposa murió hace dos años. Influenza. Era buena mujer. Muy buena. Los muchachos no la han olvidado.
—Lo siento.
—Yo también intenté seguir solo —continuó—. Pero el rancho, la casa, los niños… no me alcanza la vida. Necesitan a alguien que se quede.
La palabra se quede quedó suspendida entre los dos.
Sara respiró hondo. Podía mentir, inventar alguna razón más decorosa para estar allí. Pero algo en el cansancio de ese hombre le pidió la verdad.
—No puedo tener hijos —dijo en voz baja—. Lo supe el año pasado. Pensé que ningún hombre me elegiría para casarse cuando supiera eso. Pero tal vez alguien podría elegirme para ayudar a cuidar a los suyos.
Gabriel apretó la mandíbula. Tardó un momento en responder.
—No mucha gente habla así de claro.
—Sólo cuando importa.
Él asintió lentamente.
—Importa.
Luego le dijo los nombres de los niños: Emilia, la mayor, de trece años; Diego, de diez; Lucía, de ocho; Tomás, de siete; Graciela, de seis; y Samuel, el pequeño, de cuatro.
—Son buenos muchachos —añadió—. A veces salvajes. Pero buenos.
El rancho era más grande de lo que Sara imaginó. Una casa amplia de madera envejecida, con corredor al frente y una chimenea de piedra. Gallinas picoteaban cerca del pozo. Detrás de la casa se oían risas, gritos y el rumor de una pelea infantil.
Los niños aparecieron al doblar la esquina. Se detuvieron en seco al verla. Emilia iba delante de todos, flaca, trenzas oscuras y una mirada seria que era la versión joven de los ojos de su padre. Los demás se agruparon detrás como si ella fuera un escudo.
—Ella es la señorita Méndez —dijo Gabriel—. Va a quedarse con nosotros y a ayudar en la casa.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Emilia, sin saludar.
—Si funciona, de manera permanente.
La cara de la niña se cerró de inmediato.
Sara sintió que entraba en agua helada. Pero mantuvo la voz serena.
—No vengo a reemplazar a nadie. Sólo a ayudar.
—Nosotros estábamos bien —dijo Emilia.
—Estaban sobreviviendo —corrigió Gabriel.
Esa noche, Sara descubrió que la cocina era un campo de batalla. Platos sin lavar, harina esparcida, una olla quemada, cuchillos mal puestos, trapos húmedos sobre la mesa. No dijo nada. Se remangó y se puso a trabajar. Encontró papas, cebollas, frijoles, un pedazo de tocino salado y suficiente maíz para unas tortillas gruesas.
Mientras pelaba papas, Emilia apareció en la puerta.