La carta estaba firmada por Gabriel Ortega, con una letra firme, casi tallada más que escrita.
Sara había respondido al anuncio cuatro semanas antes, una noche en que la soledad le pesó más que de costumbre. Lo había hecho a la luz de una vela, en el cuarto angosto que rentaba en casa de los Hernández. No esperaba respuesta. Las mujeres como ella no solían recibir respuestas. Tenía treinta y un años, un rostro común, hombros demasiado rectos, manos demasiado trabajadas y una tristeza que había aprendido a esconder.
Además, cargaba un secreto.
Seis meses antes, el doctor de Real del Monte le había escrito con precisión cruel: las secuelas de la fiebre le habían dejado un daño irreversible. No podría tener hijos.
Había llorado durante semanas. Luego dejó de llorar, pero no de doler. Sólo que el dolor cambió de forma. Ya no era una herida abierta, sino una piedra adentro del pecho. Pesaba cuando veía a una mujer mecer a un bebé, cuando escuchaba una canción de cuna salir de una ventana, cuando alguna vecina hablaba de embarazos como si la vida se repartiera con justicia.
—¿Y bien? —preguntó doña Paula desde la puerta.
Sara dobló la carta con rapidez y la guardó en el bolsillo de su falda.
—Nada importante. Es de una prima.
Doña Paula entrecerró los ojos, desconfiada, pero no insistió. Todavía no. Lo haría más tarde.
La diligencia a San Jerónimo salía el viernes al amanecer. Sara tuvo tres días para decidir entre quedarse donde nadie la esperaba de verdad o lanzarse hacia una vida incierta con un hombre que no conocía y unos niños que jamás serían suyos.
El viernes subió a la diligencia con una sola maleta, dos vestidos, una Biblia vieja y un miedo que no cabía en el equipaje.
Gabriel Ortega olía a humo, cuero y cansancio cuando fue a recogerla. No era un hombre viejo, quizá treinta y cinco años, pero sus ojos tenían el peso de alguien que había vivido demasiado en muy poco tiempo. Era ancho de hombros, moreno, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente y líneas duras junto a la boca.
—¿Señorita Méndez?
—Sí.
Él tomó su maleta sin hacer preguntas y la llevó hacia una carreta tirada por dos caballos fuertes. La ayudó a subir con una mano áspera, firme, sin brusquedad.
—Los niños no saben que viene —dijo cuando tomaron el camino.
Sara lo miró de reojo.