Trabajaron como si la vida dependiera de eso. Porque dependía. Hornearon de madrugada, contrataron a dos mujeres del pueblo, abrieron nuevas rutas, vendieron hasta en los campamentos más lejanos. Marisol ayudaba a envolver panes pequeños y a contar monedas con la seriedad de un banquero diminuto.
Pero no era suficiente.
Faltaba poco dinero. Muy poco. Y fue entonces cuando el pasado de Elena volvió a tocar la puerta.
No fue Esteban, el hombre del que había huido. Fue una abogada de Durango con un maletín y una noticia imposible: su tío había muerto, y después de una auditoría descubrieron que durante años le había robado una herencia que le pertenecía a Elena desde niña.
Ahora ese dinero, por fin, era suyo.
—Veintidós mil pesos —dijo la abogada.
Elena no sintió alegría primero. Sintió vacío. Luego rabia. Después, una calma fría.
Con ese dinero podían salvar el rancho.
Gabriel se negó.
—Es tuyo.
—Y este es mi hogar —contestó Elena—. No voy a quedarme mirando cómo nos arrancan lo que construimos.
Pagaron la deuda. Gonzalo Herrera se fue con la furia de los hombres que creen que todo ya les pertenece.
Pero todavía faltaba cerrar la otra herida.
Dos semanas más tarde apareció Esteban Rosas en el camino, montando un caballo oscuro y con la misma arrogancia con la que la había hecho sufrir durante dos años. Venía a llevársela, o al menos a intentarlo.
La llamó por un nombre que Elena ya no sentía suyo. Le dijo que una mujer como ella no sobrevivía sola. Que sin él volvería a ser nadie.
Antes, aquellas palabras la habrían hecho temblar.
Esta vez no.
—Yo ya era alguien antes de conocerte —dijo Elena, firme—. Solo que tú necesitabas convencerme de lo contrario.
Esteban dio un paso. Gabriel también.
Y entonces, desde la puerta de la casa, se escuchó la voz de Marisol, clara y fuerte por primera vez en meses:
—¡Esa es mi mamá!