No hizo preguntas. Solo dejó otro pan al día siguiente. Luego una concha pequeña, después una galleta con canela. Cada mañana la servilleta regresaba con un regalo distinto: una piedrita lisa, una flor seca, una hoja con nervaduras perfectas.
Así empezaron a hablarse.
Sin palabras. Sin permiso.
Con pan.
Una semana después llegó la tormenta.
El cielo se puso verde grisáceo y el viento comenzó a golpear la hacienda con una fuerza de animal herido. Gabriel salió con los peones a asegurar corrales y techos. Elena cerró ventanas, metió leña, cubrió la masa. Estaba por apagar una lámpara cuando escuchó un sonido que atravesó el ruido de la lluvia.
Llorar.
Se quedó inmóvil.
Volvió a oírlo. Venía del establo.
Recordó la orden de Gabriel. No acercarse a la niña. No intervenir. No buscarla.
Pero ese llanto no era de berrinche. Era de terror puro.
Elena agarró un rebozo y salió corriendo bajo el aguacero. Cruzó el patio casi a ciegas y empujó la puerta del establo, que golpeaba con el viento. Adentro, entre pacas de heno y caballos nerviosos, vio a Marisol hecha un ovillo, temblando, con la cara empapada en lágrimas.
Elena no pensó. Se arrodilló a su lado y abrió los brazos.
La niña dudó apenas un segundo antes de lanzarse contra ella. Se abrazó a su cuello con una fuerza desesperada. Elena la sostuvo, la meció y empezó a tararear una canción antigua que su abuela le cantaba cuando el mundo se ponía demasiado grande.