El silencio con que comieron fue el mejor elogio que Elena había recibido en años.
Gabriel entró al final. Sirvió café negro, partió una pieza de pan y la probó de pie. No cambió de expresión, pero tardó en tragar, como si el sabor hubiera despertado algo que llevaba mucho tiempo dormido.
—Está bueno.
—Gracias.
—Mucho.
Eso fue todo. Pero Elena sintió que en aquella casa, donde todo parecía cerrado, una rendija acababa de abrirse.
La primera vez que vio a Marisol fue dos días después.
Era una niña pequeña, delgadita, con el cabello oscuro enredado y unos ojos inmensos que parecían demasiado antiguos para su cara. Se quedó quieta en la puerta de la cocina mirando a Elena amasar, sin moverse, sin hablar, como un fantasma curioso.
Elena le sonrió con suavidad. La niña no respondió. Solo siguió mirando.
Entonces la voz de Gabriel sonó desde adentro:
—¡Marisol!
La niña desapareció tan rápido como había llegado.
Más tarde, mientras dejaba unas piezas de pan enfriar, Elena oyó un cerrojo cerrarse en el piso de arriba.
Aquella noche dejó a propósito un panecito tibio envuelto en una servilleta limpia en el escalón de las escaleras del fondo.
A la mañana siguiente, el pan había desaparecido. En su lugar encontró una pluma de gallina, puesta con cuidado sobre la tela doblada.