La cocina del rancho estaba peor de lo que imaginó. Costales mal cerrados, grasa vieja pegada al fogón, trastes con óxido, harina húmeda, frijoles regados, una tristeza espesa en cada rincón. Aquello no era una cocina; era el recuerdo de una.
—La cocinera anterior se fue hace dos meses —dijo Gabriel desde la puerta—. Necesito pan dos veces por semana, tortillas diarias, desayuno al amanecer y cena antes de anochecer. Los peones comen rápido, trabajan más rápido. Usted dormirá en el cuarto pequeño junto al fogón. Le pagaré ochenta pesos al mes.
Elena había esperado más. Pero también sabía que volver atrás no era una opción.
—Acepto.
Gabriel asintió una sola vez.
—Otra cosa. Tengo una hija. Se llama Marisol. No quiero que interfiera con ella ni que la busque. ¿Quedó claro?
Elena parpadeó.
—Sí, señor.
Él hizo un gesto seco.
—No me diga señor. Dígame Gabriel. Me hace sentir viejo.
Y se fue.
Esa noche Elena no durmió. Limpió, ordenó, rescató lo salvable, separó la harina buena de la infestada, encendió el horno, amasó con los brazos doloridos y con una terquedad nacida del miedo. Cuando el cielo apenas empezaba a aclarar, sacó la primera hornada: panes dorados, con corteza fina y olor a hogar.
Los peones entraron de uno en uno, todavía con sueño, y al sentir el aroma se quedaron inmóviles.
—Santísima Virgen… —murmuró uno.
El más viejo, don Tadeo, tomó un pedazo, lo probó y cerró los ojos.
—Muchachos, si esto es un sueño, no me despierten.