Eso, por extraño que fuera, dejó a Clara aún más descolocada.
El viaje al rancho tomó casi dos horas. Él condujo la carreta en silencio. Ella, a su lado, llevaba las manos entrelazadas sobre el regazo y miraba el paisaje blanco extenderse hasta donde alcanzaba la vista. Al llegar, encontró una casa de madera sólida, un corral, un granero, un pozo y, más allá, bosque y montaña. Ningún vecino. Ninguna luz cercana. Solo viento, nieve y un silencio inmenso.
Elías la ayudó a bajar y la condujo adentro. La casa era austera, pero limpia. Una mesa, dos sillas, una chimenea encendida, una cocina pequeña y una habitación al fondo. Él volvió a sacar la libreta y escribió:
“La recámara es tuya. Yo dormiré aquí.”
Clara lo miró, sorprendida.
—No hace falta.
Él escribió otra vez.
“Ya está decidido.”
Aquella noche, mientras deshacía su pequeña maleta en el cuarto, Clara lloró por primera vez desde que empezó todo. No hizo ruido. Solo dejó que las lágrimas cayeran sobre el vestido viejo de su madre, como si cada una enterrara un pedazo de la vida que ya no iba a tener.
Los primeros días fueron fríos en todos los sentidos. Elías se levantaba antes del amanecer, salía a atender el ganado, arreglar cercas o cortar leña, y volvía con la ropa impregnada de humo y viento. Clara cocinaba, barría, cosía, lavaba en silencio. Se comunicaban con la libreta.
“Habrá tormenta.”
“Necesito revisar el pozo.”
“La harina está en el cajón de arriba.”
Nada más.
Sin embargo, al octavo día, algo cambió.
Clara despertó en plena noche por un ruido áspero, ahogado, como el gemido de un hombre que intenta no hacer ruido. Salió de la habitación y encontró a Elías en el suelo, junto a la chimenea, con la mano apretada contra un lado de la cabeza. Tenía el rostro contraído de dolor, la piel húmeda de sudor y el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.
Clara se arrodilló a su lado.
—¿Qué te pasa?
Él no podía oírla, claro. Pero vio su boca moverse y, con una mano temblorosa, buscó la libreta. Escribió apenas dos palabras torcidas.
“Pasa seguido.”
Clara no le creyó. Nadie que “pasa seguido” termina así, retorciéndose sobre el suelo.
Le llevó un paño húmedo, lo ayudó a recostarse y permaneció junto a él hasta que el espasmo fue cediendo. Antes de dormirse, Elías escribió una sola frase.
“Gracias.”