Un granjero sordo se casa con una chica obesa por una apuesta; lo que ella le sacó del oído a su esposo dejó a todos atónitos.

Clara lo llamaba por su nombre.

Venta.

El hombre con quien iba a casarse se llamaba Elías Barragán. Tenía treinta y ocho años, vivía solo en un rancho aislado entre pinos y barrancas, y en el pueblo de San Jerónimo todos decían lo mismo sobre él: que era dueño de buena tierra y que no hablaba con nadie. Algunos lo llamaban arisco. Otros, loco. La mayoría lo llamaba simplemente “el sordo”.

Clara solo lo había visto dos veces. La primera, meses atrás, cuando él entró a la tienda general por sal, clavos y café. Alto, ancho de hombros, silencioso como una sombra. La segunda, una semana antes de la boda, cuando su padre lo llevó a la casa. Elías se había quedado de pie en la sala, con la nieve derritiéndose en sus botas, y no dijo una sola palabra. Sacó una libreta del bolsillo, escribió algo con un lápiz corto y se la entregó a don Julián.

“De acuerdo. Sábado.”

Nada más.

Ni cortejo. Ni preguntas. Ni una sola muestra de ilusión.

La ceremonia duró menos de diez minutos. El padre Ignacio pronunció las palabras como quien cumple con una obligación incómoda. Clara repitió los votos con una voz que no sentía suya. Elías se limitó a asentir cuando fue necesario. Cuando llegó el momento del beso, apenas rozó la mejilla de ella con los labios y se apartó enseguida.

No parecía feliz.

Tampoco parecía cruel.