Y todo…
había comenzado con algo muy pequeño.
Levantarse.
Elegir la bondad.
Un instante… en el que decidió no mirar hacia otro lado.

PARTE 2..
A la mañana siguiente, Miguel tardó en levantarse.
No por el cansancio.
Sino por los nervios.
Miró una y otra vez la tarjeta sobre la mesa, como si temiera que fuera a desaparecer en cuanto apartara la vista.
—Capaz que entendí mal… capaz que ni siquiera era para mí… —murmuró para sí.
Pero dentro de él había una voz pequeña, insistente.
Una voz que le decía:
“Ve. Inténtalo.”
Y por primera vez en mucho tiempo…
decidió escucharla.
Se bañó rápido, se puso la camisa más decente que tenía —aunque ya estaba un poco deslavada—, se acomodó el cinturón de un pantalón viejo y respiró hondo antes de salir.
Cada paso rumbo a Santa Fe hacía que el corazón le golpeara con más fuerza.
Y cuando llegó frente al edificio…
se quedó inmóvil.
Era enorme.
Paredes de cristal.
Puertas automáticas.
Gente impecablemente vestida entrando y saliendo con prisa.
Por un momento sintió que no pertenecía a ese mundo.
—¿Qué hago aquí…? —pensó.
Casi dio media vuelta.
Pero entonces recordó la sonrisa de aquella anciana.
La calidez de su voz.
Y la extraña confianza que había puesto en él.
Así que entró.
En el lobby lo recibió una recepcionista.
—Buenos días. ¿Tiene cita?
Miguel se rascó la nuca, evidentemente nervioso.
—Eh… no exactamente. Es que ayer una señora me dio esta tarjeta y me dijo que viniera…
Le entregó la tarjeta.
La joven la miró.
Y su expresión cambió de inmediato.
Se puso de pie.
—Un momento, por favor.
Hizo una llamada breve.
Habló en voz baja.
Con rapidez.
Después colgó, volvió a mirarlo y sonrió de una manera distinta.
Más formal.
Más respetuosa.
—Señor Miguel, lo están esperando. Por favor, acompáñeme.
Miguel sintió que el mundo se detenía.
“¿Me están esperando… a mí?”
No sabía si sentir miedo o emoción.
La siguió.
Subieron por el elevador.
Cada piso parecía separarlo más y más de la vida que conocía.
Hasta que llegaron a un nivel ejecutivo.
Cuando se abrieron las puertas…
otro mundo apareció ante sus ojos.
Silencio.
Elegancia.
El aroma tenue del café y la madera fina.
Lo hicieron sentarse en un sofá suave.
—Por favor espere aquí, señor.
Señor.
Nadie lo llamaba así.
Pasaron unos minutos que para él parecieron una hora entera.
De pronto, se abrió una puerta.
Y apareció…
la anciana.
Pero ya no era la misma imagen del día anterior.
Llevaba ropa elegante.
El cabello perfectamente arreglado.
La espalda recta.
Y a su alrededor, las personas la miraban con respeto absoluto.
Miguel se quedó boquiabierto.