Tras ser expulsado del orfanato, compré un terreno por un dólar junto a un arroyo de un azul extraño, y entonces las cosas empezaron a crecer.

Un día, decidí seguir su curso.

Caminé río arriba, atravesando zonas más densas del bosque. El sonido del agua me guiaba. A medida que avanzaba, el azul se intensificaba.

Hasta que llegué a su origen.

O al menos, lo que parecía serlo.

Una grieta en la roca.

De ella emergía el agua, brillante, casi luminosa. No había nieve, ni lluvia, ni otra fuente visible.

Solo esa abertura… y el flujo constante.

Me acerqué lentamente.

Y entonces lo sentí.

Una vibración.

Suave, pero clara.

Como un pulso.

El mismo que había sentido en la tierra.

En las plantas.

En todo.

Extendí la mano… pero no toqué el agua.

Algo me detuvo.

No miedo.

Respeto.

—Gracias… —susurré.

No sabía a quién, ni a qué.

Pero lo sentía necesario.

Regresé.

Y nunca intenté forzar una explicación.

Porque no todo necesita ser entendido para ser valorado.

Con el tiempo, otras personas comenzaron a notar el cambio.

Algunos llegaron por curiosidad.

Otros, por necesidad.

Yo no los rechacé.

Sabía lo que era no tener a dónde ir.

Les enseñé lo que había aprendido. Compartí lo que tenía. Y el terreno, de alguna manera, siempre daba suficiente.

Como si supiera.

Como si eligiera.

A veces, por la noche, me siento junto al arroyo y observo el agua azul fluir en silencio.

Pienso en el orfanato.

En la puerta cerrándose.

En el camino sin rumbo.

Y sonrío.

Porque lo que en ese momento parecía el final…

Fue el comienzo.

De todo.

Y aquí, en este pequeño terreno que compré por un dólar, junto a un arroyo imposible…

Las cosas no solo crecen.

Florecen.